2009
10.05

A principios del siglo XVII existió en la ciudad de Durango una hermosa mujer de nombre Doña Susana de Leyva y Borja, cuya extraordinaria belleza tenía deslumbrados a todos los jóvenes de la ciudad que la cortejaban incesantemente y deseaban correspondencia a su amor.

La dama que pisaba los veinte abriles, era consciente de su singular hermosura y con desdén poco usado descorazonaba a sus admiradores.

Por esos años llegó a estos lugares, proveniente de la capital de la nueva España, Don Gilberto Hernández y Rubio de Martínez y Nevárez, joven apuesto y elegante, de rancio abolengo y noble linaje, caballero de la orden de santiago y oidor del santo oficio, quien cabalgando un corcel negro de pura sangre, se encontró con Doña Susana precisamente en la plaza mayor frente a la catedral, lo que ahora es la plaza de armas. Al contemplar el caballero la belleza única de Doña Susana, bajó de su caballo y extendió su capa sobre el piso para que pisara sobre ella la mujer del relato.

El hecho y los decires del noble origen de Don Gilberto, impresionaron a la dama que correspondió con femenil sonrisa a la gallarda acción del joven pretendiente.

El noviazgo se formalizó, pero al advertirlo Don Pedro de Leyva y Quirino, padre de la muchacha, la reprendió severamente prohibiéndole de manera terminante toda pretensión de matrimonio con un hombre español de sangre pura. Aunque la joven exigió las razones de tal prohibición, Don Pedro se concretó a contestar:

No tengo por qué darte explicaciones ni se las daré a nadie, simplemente es una orden que debes cumplir.

Doña Susana se encontraba perdidamente enamorada de Don Gilberto, razón por la que optó por huir en brazos de su amado una noche oscura y lluviosa.
En las afueras de la ciudad el enamorado improvisó una casa de campo, situada más o menos en lo que ahora es el crucero de las calles Negrete y Regato, donde estableció su nido de amor con la encantadora dama.

El tiempo pasó y pronto la pareja en amasiato (unión libre) procreó tres hijos que eran el encanto de la madre, quien frecuentemente le pedía al varón legalizar la unión marital para poder dar nombre sin afrenta a sus tres vástagos. Don Gilberto como única respuesta, solamente le daba un beso a la amada y le ponía en sus manos algunas monedas de oro.

Un domingo, cuando la mujer asistía a misa al templo mayor de la ciudad, después del evangelio escuchó correr las amonestaciones, en las que el cura con voz serena anunció:

La noble señorita Doña Marcela Jiménez de Alanís y Ballesteros se propone contraer matrimonio con Don Gilberto Hernández y Rubio de Martínez y Nevárez, caballero de la orden de santiago y oidor del santo oficio… etc.

Doña Susana no creía lo que escuchaba, al mismo tiempo que todas las miradas de la concurrencia se concentraron en su persona y los cuchicheos en coro la señalaban burlonamente.

Al salir del templo, tomó un coche y ordenó al cochero conducirla a casa de Don Gilberto, situada en ese tiempo más o menos en lo que ahora es la calle de Hidalgo entre Pino y Cinco de Febrero.

No le reclamó la traición, solamente le pidió que no la abandonara a ella por sus hijos, que siguiera sosteniendo a quienes eran de su sangre.

El hombre iracundo le dijo:

No vuelvas a cruzarte en mi camino, eres indigna de mi linaje… tú eres una mestiza… hija de una india indeseable. Tu padre hizo mal en darte el nombre que no mereces.

Le dio un golpe con la pesada bota, cuando la mujer postrada de rodillas lo abrazaba de las piernas implorándole su protección.

La mujer rodó por el suelo, humillada y herida en lo más profundo de la dignidad humana.

Dos domingos después, cuando los esponsales se realizaban con toda elegancia y solemnidad, en el preciso momento en que el sacerdote pedía a los contrayentes que manifestaran su voluntad para la unión, una dama elegante se acercó discretamente a la pareja y simulando que pretendía colocar el lazo, sepultó en repetidas ocasiones un afilado puñal sobre el pecho y espalda del novio y la novia, que cayeron pesadamente sobre el suelo, bañados en sangre.

La mujer se escurrió entre la confundida multitud, salió del templo y enloquecida corrió por la calle hasta llegar a su casa. Tanto por el rencor del despecho, como porque sabía lo que le esperaba ante el tribunal del santo oficio, Doña Susana llegó a su casa, tomó a sus tres hijos y, antes de ser aprehendida por el alguacil y su gente, corrió rumbo al poniente tratando de ocultarse de la justicia.

No avanzó mucho, cuando llegó al arroyo entonces caudaloso, lo que ahora es la acequia grande, los perseguidores casi le dan alcance y en supremo intento de protesta contra las absurdas costumbres de la sociedad de la época, la mujer enloquecida degolló a sus hijos, los arrojó al arroyo y sepultándose la daga en el corazón puso fin a la quíntuple tragedia.

La ciudad entera enmudeció por lo ocurrido y, al anochecer de esa tarde de mayo en plenilunio, escuchó asombrada el aterrador lamento:

¡aaaaayyy! ¡aaaaayyy! ¡miiiis hijooooos! ¡¿donde están mis hijos?! ¡aaaaayyy!

El llanto recorrió toda la calle que ahora es Negrete, y desde ese tiempo por más de dos siglos se llamó Calle de la Llorona.

(Luis Sanchez Losada Cervantes)

…Allá a mediados del siglo 17, por algún tiempo fue objeto de numerosos comentarios y de grandes temores entre la gente supersticiosa, un fantasma que se hacia visible en varias partes de la ciudad; pero muy especialmente en las ultimas cuadras del oriente de la calle hoy llamada de negrete. Era el fantasma de una mujer, vestida de riguroso luto que salía siempre de un gran solar llamado de las ánimas y que estaba ubicado en lo que es hoy la penitenciaria del estado.

El fantasma recorría, a eso de las 12 de la noche la calle de negrete hasta llegar a la del coliseo (hoy Bruno Martines), dirigiéndose por esta hasta el panteón que estaba situado a espaldas del templo de Santa Ana, donde se proyecto construir la casa del obrero católico, es decir, entre las calles de Gabino Barrera (antes Rebote) y Gómez Palacio. Este panteón se llamaba “patio de los ricos”.

El hecho de que toda su caminata, desde el solar de las animas hasta el panteón de los ricos, así como su regreso, los hacia aquel espectro dando lastimero gemidos que hacia poner los pelos de punta a quien los escuchaba, origino que se le diera el nombre de “LA LLORONA”, contándose que mas de algún curioso que se atrevió a asomarse a su ventana se había desmayado al ver el rostro libido, enjuto aterrador de la triste enlutada.

Cada año por el mes de Mayo, la llorona hacia su correrías durante varias noches y fue tanto el espanto que sembró en la pacifica ciudad de Durango, que llegaron a bordarse mil historietas entorno de aquella “anima en pena”; se decía después que llego a escucharse su llanto al mismo tiempo en todas las calles de la ciudad y que en algunas partes se le había visto pasar aullando, en figura de perro.

Los sacerdotes y las personas más conspicuas de aquel entonces, opinaron que aquel fantasma era el alma de una mujer que una noche, a las doce, y sin que pudieran adivinarse las causas, dio muerte a sus tres pequeños hijos. Aquella mujer había consumado su crimen en el solar de las Animas en donde, casi a flor de tierra, sepultó a sus víctimas, concluido lo cual sobrevino un furioso remolino que arrastró a dicha mujer sin que volviera a saberse nada de ella. Los hortelanos descubrieron al día siguiente los pequeños cadáveres y dieron cuenta al dueño del solar, quien a su vez dio cuenta a las autoridades.

Las pesquisas para descubrir al autor de aquel crimen, fueron inútiles y hasta después de algunos años logró averiguarse que la autora de la muerte de aquellos niños había sido su propia madre. Se dio sepultura a los cadáveres en el panteón de los ricos y desde entonces, cada año, se vino “apareciendo” la “Llorona” en la forma que ya lo hemos explicado, dando origen a que la calle donde aparecía tomara el nombre de “CALLE DE LA LLORONA”, con el cual figura en un plano de la ciudad levantada en el año de 1811.

Consumada la independencia, y en virtud de que la primera de las calles de la Llorona fue teatro de un sangriento combate librado el 30 de septiembre de 1821 entre las fuerzas del general insurgente D. Pedro Celestino Negrete y las tropas realistas, se puso en la calle de que se trata, Calle de Negrete, en memoria del caudillo que consumó la independencia en Durango.

Nos gustaría conocer tu opinión, comentarios y quizá hasta un relato que tengas al respecto, los cuales puedes hacer al correo de contacto de esta página.

¡Horrorosos Saludos!

Cabe señalar que esta recopilación se ha realizado a manera de documental y ninguna de estas historias corresponde a una vivencia personal del equipo de www.exoterico.net

[intlink id="465" type="category"]Visita nuestra Antología del Horror :: La Llorona[/intlink]

http://autorneto.com/

http://www.freewebs.com/fresnillo/

http://www.tequisquiapan.com.mx/catalogo.php?id=31&cat=6&sub=0

http://usuarios.lycos.es/leyendasdedurango/12.html

http://www.pasarmiedo.com/leer-relato.php?id=923

http://www.mitos-mexicanos.com/content/view/340/59/

http://www.oem.com.mx/elsoldelbajio/

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Tags: antologia, durango, Especial 09.1, leyendas, llorona

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